El cielo se toma por asalto y los espacios que te gustan, también.
Te cuento de un día de 2008, donde mi actitud me ayudó a formarme con los mejores.
Quería estudiar con Augusto Fernandes, un maestro de actores. Hice la prueba, ante él. Me preguntó si podía mandarme a “la escuelita”. O sea, estudiar en su escuela, pero con otra gente. No, yo quiero entrenar con vos y nadie más, le dije. Me dijo que yo no estaba para entrenar con él.
Entonces no vengo, dije.
Me fui y a la cuadra, me metí en un locutorio. ¿Te acordás de esos lugares?
Si no los conociste, te explico rápido: cuando no era tan común tener compu y teléfono, había lugares que tenían muchos y les pagabas por usarlos.
Me metí en un locutorio, pedí una computadora y busqué en la guía telefónica en internet el teléfono de Abelardo Castillo.
Lo anoté. Salí de la computadora y pedí un teléfono. Lo llamé y le dije que quería estudiar con él. Me dio una lección gratuita que escuché feliz. Y me citó para visitarlo en la casa, el jueves siguiente.
Entré al taller de Abelardo y el mismo día me llamaron para decirme que me daban un lugar con Fernandes.
Ninguno vio mucho de lo que yo hacía. Al día de hoy, estoy convencido que me tomaron por lo más importante: la actitud.
Hola, quiero estudiar con vos, pero no me banco cualquiera.
Los que damos formaciones sabemos que esa es la mejor actitud y queremos tomar gente que esté en esa onda.
Como yo, con la gente que entra a mi programa.
No estudies conmigo, no me importa. Pero quedáte con esto: andá a donde quieras, sin pudor. Yo le dije “a tu escuelita no” al maestro número uno del teatro y lo llamé a la casa de puro caradura al escritor argentino más grande que había en ese momento.
Y no pasó nada malo, al contrario.
Andá a lo que quieras y con la frente en alta, siempre.
Nos vemos, divertite.
C.