Sobre la importancia el capricho
Ayer salí a caminar a medianoche y me topé con un kiosco que tenía una de esas maquinitas que giran con ositos atados dentro. Era chiquita, petisa.
Los muñecos que tenía colgados, eran todos Stitch con pijama.
Esas máquinas siempre me dan miedo. Como el payaso que te aterroriza cuando grita “el amigo de los niños”.
Pero esta me encantó. Los peluches eran divinos y (cosas rara) de calidad. No los personajes falopa. Por mil pesos probás agarrarlos y si caen te los llevás.
Le mandé la foto a mi hijita (21 pirulos) y le dije que quería jugar a eso. “¿Cuántos años tenés?”, me preguntó.
Tres, le dije.
Bueno, hoy no puedo ir a jugar a la maquinita porque voy a ver a Soda Stereo. Creo que iré mañana.
Tengo que llevar un par de billetes de mil, que con el tema de la inflación y de usar todo digital no tengo muchos.
Y si gano uno se lo regalo a mi sobrina. Si gano más, me quedo los otros.
¿Y todo esto para qué te lo cuento?
Por lo siguiente:
Si no tenés ganas, cada tanto, de hacer algo boludo y hermoso, que no sirva para nada desde el punto de vista capitalista-socio-productivo-generador-de-cosas-importantes-serias-onda-riesgopaís, te va a costar escribir.
En serio te digo. No te lo tomes TAN en serio.
Tirate al barro cada tanto. Comete un heladito, solo. No te voy a decir “cuidá al niño interno” porque me parece fea la expresión. Siempre me sonó a niño encerrado.
Jugá, suena mejor.
Jugá cada tanto y vas a escribir más y mejor. Te lo juro por mi sobrina, que le gustan los capibaras.
Y si después querés darle más forma a ese juego, más herramientas, y no ahogarlo con técnicas, tengo esto.
Nos vemos, divertite.
C.
PD: Además de todo, hoy no me quiero bañar. Hace frío.