Ochenta años en veinte líneas
Conozco muchos casos así:
Niño empieza a escribir cuentitos y los esconde. La madre lo encuentra y le dice que basta de pavadas.
Adolescente empieza a escribir poemas en clase. La maestra lo reta y le dice que basta de pavadas, que no sea niño.
Joven empieza una carrera universitaria que mucho no le gusta, pero en el subte lee literatura, hasta que llega a la facu y guarda el libro hasta la noche. O por días, porque estudia mucho.
Adulto recibido se compra un libro de Harry Potter y le forra la tapa para que parezca un libro serio, mientras lo lee en el subte. Un compañero de trabajo se lo encuentra y le dice: “¿Qué te pintó, que te hacés el adolescente?”
Adulto semi geriátrico dice que quiere escribir sus memorias. Hijos y nietos le dicen que todo bien, pero: “¿Cuándo hablamos de la herencia?”
Persona se muere y nunca hizo poemas, ni escribió, ni leyó mucho de lo que le gustaba.
Pero, ah: hizo caso a la madre, a la maestra, evitó putear al compañero de trabajo y dividió sus propiedades con ecuanimidad.
Cree en la reencarnación, así que se va tranqui, pensando: “La próxima arranco”.
No sé vos, pero yo no creo ni descreo en la reencarnación.
Creo que si algo me gusta y lo puedo hacer, debo hacerlo.
Escribí una novela desde ese impulso. Fue la primera que hice. Fue finalista del Clarín dos veces. Perdió. La mandé a un premio diez veces más grande, en México.
Ganó.
Te la bajás gratis acá.
Quizá en breve tenga el libro y lo venda.
Nos vemos, divertite.
C.
PD: Te quiero mucho, pero ponete las pilas con lo que te gusta, eh.