Una colchoneta que me enseñó de escritura
Un detalle que me hizo pensar en el deseo de escribir y el cuidado que necesita.
A la vuelta de mi casa hay una escuela. En el primer piso está el jardín de infantes. Se ve el patio de los nenes: tiene juegos tipo plaza y varias columnas gigantes, que son las que sostienen el edificio desde abajo hacia arriba.
En los recreos, estos seres diminutos corren como pollitos perseguidos por un cazador, gritan y espamentan de una manera que te hace entender por qué los padres quisieran que las escuelas tengan doble o triple turno.
Cuestión.
Un día noté que las columnas habían sido forradas en goma espuma, tipo colchoneta, con soga elástica y tensores. Muy casero.
Entendí enseguida: seguramente más de uno, en una carrera o en un juego de mancha, se pegó de frente con la columna y aceleró la caída de sus dientes de leche.
Así te la das si querés escribir algo largo y nunca probaste.
Corrés con entusiasmo infantil porque te encanta escribir y, en la página veinte, gritás por tu madre.
Como la mayoría no tenía madre escritora, no suma mucho el llanto ese.
Mañana cierro las inscripciones a mi programa 1 a 1. No te la des de frente. Te explico cómo trabajo acá.
Nos vemos, divertite.
C.
PD: Con ese criterio de previsión, ¿no debería haber también colchonetas en el piso del patio? La baldosa del suelo también saca dientes.