El día que la actuación me salvó de un asalto

Una pequeña película real, protagonizada por mí, que te enseña algo importante sobre la ficción.

Ahí vamos. Flashback.

Tengo 14 años y salgo de tae kwon do. Pleno verano, todavía es de día y son las ocho de la noche pasadas.

Llevo mi bolsa de una zapatería —bolsa fea, grande y usada— donde guardo mis llaves con una correa, una toalla y el uniforme de tae kwon do, que se llama dobok. No me acuerdo qué más llevaba.

Me paran dos matones que no tenían más de 15 años. Ambos me llevaban dos cabezas.

“Dame todo”, o algo así, dicen. Uno mete la mano en la bolsa y hurga, mientras el otro vigila.

El que hurga levanta la mano y saca mi paf.

Para los que no saben: es el pitorraco que se usa cuando tenés espasmos bronquiales o asma.

Yo tenía espasmos.

Miro al mafioso imberbe, que mira el paf. No entiende bien, con cara de “¿esto qué es?”.

Entonces simulo que me ahogo. Empiezo a respirar hondo y hago un pitido exagerado. Me agarro el pecho, me tambaleo un poquito.

El que tenía la bolsa la tira y le grita al otro que se rajen. 

Salen huyendo mientras yo, despacito, me agarro de la pared y me muero, me caigo, adiós mundo cruel, díganle a mi madrequefuelomásimportante.

Mentira. Pasan la esquina, acomodo la bolsa y sigo mi camino.

Tengo una obra en cartel, donde no actúo, pero dirijo, así que si venís me podés ver. Entradas con descuento, porque estás en esta lista, sacándolas acá.

Nos vemos, divertite.

C.

PD: La anécdota es real y, si hacés teatro o cualquier arte, te puede enseñar más que diez tomos de teoría y años de talleres. 

Se resume en esto: ejecutá el signo que necesitás para generar lo que querés que le pase al público (o al lector). Yo quería que se fueran. Lo logré. No tuve que ahogarme en serio: tuve que hacer que ellos creyeran que me ahogaba.

PD 2: Leé de nuevo el párrafo de arriba y sacá la entrada acá.